Dentro de mis vacaciones, fuimos con mi mamá y otra gente a conocer el Valle del Elqui. Siempre ha sido renombrado, tanto como por sus cultivos, los cielos más limpios del mundo, fabricación de pisco, auras místicas e incluso por los avistamientos extraterrestres.
Podría decir muchísimas cosas sobre este viaje, de todo en verdad pero en ésta ocasión, me detendré en lo que aprendí de este viaje.
Todo lo turístico de este precioso valle, induce necesariamente a la artesanía. Desde La Serena, pasando por Vicuña, Diaguitas, Rivadavia, Monte Grande y también por Pisco Elqui (así se llama el pueblo), vi múltiples puestos de artesanías todos iguales en su especie. Podríamos encontrar en dichas ferias las mismas artesanías que vi en Arica o las que he visto en Puerto Montt... no obstante, llama mi atención un carrito en uno de los costados de la plaza. En el, estaba un niño (que luego de hablar con él, me cuenta que tiene once años), que me dice que todo lo que está en el carrito vale mil pesos, excepto unos aros y unos cuadros de una técnica que me explicó extensamente y que no logré entender muy bien (se trataba de pintar en muchas capas de colores, de manera que diera un color a la vista, pero que en pintura era otro. Un trabajo arduo, ya que su abuelo demora tres meses mínimo en hacer uno de ellos).
Lo observo durante un rato, su habilidad para vender y conversar es impresionante. Lo veo fabricando diversas cosas (talismanes con runas, aros, pulseras, etc)... los aros, llaman mi atención. Me comenta que él pude fabricar aros como yo los quiera, pero que debía esperar a que llegara su mamá para ayudarle con la venta de sus cosas... espero una media hora, mientras me doy una vuelta por el pueblo y llamo a Kalo para contarle un poco del lugar y del calor; al regreso, está su mamá... una mujer joven, hermosa, con manos finas que acaricia el cabello de su hijo (se llama Azul). Azul está sentado bajo el carrito, en donde tiene todo un variado y lindo taller con sus materiales, me pide disculpas por su desorden (maravilloso)... veo como sus manos se mueven en torno al cuarzo que va a buscar con su abuelo a las montañas, como dobla los alambres para sostenerlo; mientras me comenta que los aros son bonitos porque lo hacen sentir completo a uno, como una extensión de nuestro cuerpo. Se ríe contándome que cuando olvida ponerse sus aros, se siente desnudo. Me pide disculpas nuevamente porque sabe hacer pocas cosas aún, me cuenta que aún está aprendiendo pero que los aros los sabe hacer bien.
Pasado un rato, los termina. Los envuelve en una bolsa de papel blanco con una hoja impresa que dice "Valle del Elqui" y lo sella como un sticker de "Producto Artesanal". Me sonríe y me dice que seguro me quedarán muy bien. Nos despedimos en la plaza. Él, tiene 2500 pesos más en su bolsillo... yo, tengo el legado de un artesano de esos que ya no quedan.
En todo el viaje, no conocí a nadie más, a nadie que fuera un artesano como Azul. Él, sin duda con el apoyo de su madre y sus abuelos (también artesanos), conservarán el legado de su historia, de las técnicas, que hoy se ven arrolladas por el dinero y por el "progreso". Muy pocos quieren ser artesanos, estamos inmersos en donde ese trabajo no es apreciado, en donde todo lo encontramos caro, todos tenemos miles de pares de aros iguales, sin tomar en cuenta el proceso, el amor y el espíritu que pone un hombre o una mujer en trabajar con sus manos. El pequeño artesano, sin darse cuenta, me enseñó a valorar lo nuestro, a tener esperanza en que en todo este mundo industrializado, siempre quedará un niño que no tendrá miedo de ser quién es y seguir la huella de sus antepasados.